El abanderado (Desde abajo del palco)

Recuerdo mi época escolar como una época en la que uno hacía las cosas “bien”, o al menos como se suponía que debían hacerse. Estudiaba, sacaba buenas notas. Con el tiempo, me gané la reputación del “traga”; el equivalente al nerd de los 80 acá antes que “La venganza de los nerds” se hiciera popular. Por supuesto, con el tiempo llegó el premio al estudio: la bandera. Mis viejos contentos, felicitaciones de todos lados, y yo otra vez en el papel del buen alumno, ahora con la bandera en cada acto escolar.
En la práctica, eso consistía en levantarse temprano un feriado e ir a alguna plaza o desfile, con frío, calor o lluvia, para esperar la llegada del mandatario de turno, a veces más de una hora por “cuestiones de agenda”, a la intemperie, parados y sin campera porque tenía que verse el guardapolvo. Luego ellos llegaban, subían al palco techado y daban un discurso sobre valores, patria y esfuerzo. Eso era 1989, tenía 13 años. Gobierno de Alfonsín, era un país con apenas 7 años de distancia de Malvinas y 6 de los milicos, la sombra de los carapintadas. La Hiperinflación: había que tirarse al piso en el Supercoop para ver si la remarcadora se había olvidado de actualizar el precio de alguna lata. Los precios cambiaban dos veces al día, o más. El noticiero casi todas las noches anunciaba aumentos de combustibles que llegaron al 40% en un solo saque. Mi viejo tenía un Falcon rural y solía decirme: “Vamos”. Salíamos a cargar nafta a la ESSO del centro, había que llegar al surtidor antes de las doce de la noche, la gente apagaba el motor y empujaba el auto para no gastar nafta. Vivíamos un racionamiento de energía, cortes de luz de cinco o seis horas diarias durante varios meses, debido a un combo de negligencia y falta de inversión. Los cortes habían empezado en el 88, recuerdo estar sentado en el patio de casa, con más de treinta grados, esperando que volviera la “luz”.
En 1994 la experiencia se repitió. A mis 18, otra vez la bandera, aunque había pasado mucha agua bajo el puente en esos años. Mi viejo ya había muerto y en casa había quedado un vacío con su partida y además necesidades concretas de dinero.
Era el último año de secundaria, pensando en el viaje de estudios a Bariloche, toda la familia haciendo un esfuerzo para pagarlo y tratando de que se hiciera realidad poder estudiar al año siguiente en la facultad. Pasamos el sorteo de la “CoLimBa”, aunque fue un número bajo, el 117, había que hacer firmar la excepción e ir al cuartel; no recuerdo ya, creo que Villa María. Había que ser “hombre” y aguantarse las cargadas y humillaciones de los mismos conscriptos durante unas ocho horas para que pusieran un sello de exceptuado. El “caso Carrasco” terminó de mostrar crudamente qué había detrás de esa lógica; la “clase 76” fue la última sorteada. Eran los años de la pizza con champagne de Menem, tiempos frívolos de privatización, dólar 1 a 1 y “neoliberalismo”.
La bici era mi medio de movilidad por el pueblo, a veces la Birdie 50 que me prestaba mi tía, sin que mi vieja estuviera muy convencida. Nuevamente, cuando los demás dormían, había que ir al acto. Recuerdo un día de muchísimo calor en que hubo un apagón grande, de más de 24 horas sin energía. Mi vieja no podía planchar el guardapolvo, estaba muy preocupada porque fuera con alguna arruga; no recuerdo cómo lo resolvió al final, pero se las ingenió. Ese día, frente a la municipalidad, con toda esa puesta en escena del palco oficial, la directora de la secundaria me hacía abrochar el último botón de la camisa. El protocolo y la pulcritud eran lo importante: que el pelo de la nuca no tocara el cuello de la camisa.
Después de la espera habitual bajo el sol, y de que estuviera todo perfecto para el acto, las autoridades llegaron, subieron al palco techado y dieron su discurso sobre valores, patria y esfuerzo, de ellos y sus compañeros y correligionarios, de los próceres.
A cierta edad, esas contradicciones no siempre se entienden del todo, pero igual dejan marca. ¿Y el esfuerzo que hacíamos los de abajo del palco? Algo moldea en la cabeza de un adolescente cuando el discurso no refleja la realidad, cuando hay una distancia enorme entre ellos, todo ese esfuerzo puesto en la ceremonia, como si la patria fuera algo a lo que hubiera que servirle.
No era solo portar una bandera; era participar de un rito y además fingir que ese rito nacía de algo verdadero. Se suponía que había que sentir orgullo. Para mí era un castigo. Podría banalizar mis sentimientos y decir que era simplemente un adolescente que no quería levantarse temprano un feriado, pero mirando ese contexto, ¿orgullo de qué exactamente?
Con el tiempo empecé a notar que no era solo un fastidio escolar. Había algo más: no alcanzaba con cumplir. También se suponía que había que sentir lo correcto, emocionarse en el momento correcto y aceptar como natural una pertenencia que, al menos para mí, nunca había sido tan natural.
Apenas uno toca estos temas, aparece enseguida la idea de lo “antipatriótico”. ¿Quiénes son los patriotas? ¿Los que hicieron explotar Río Tercero? ¿Los que ponían bombas en un bar por “la causa” roja? ¿Los que tiraban gente al río? ¿Los que se robaron un PBI?
Muchos están en cuadros de honor y les hacemos homenajes. ¿La bandera, el escudo y el himno tienen el mismo valor que una camiseta? ¿Quiénes son los referentes de esos símbolos? ¿San Martín? ¿El colimba que fue a Malvinas? ¿Messi? ¿Maradona? ¿La revancha por Malvinas sería ganarle un partido de fútbol a Inglaterra? ¿Está en el mismo plano el sacrificio de un futbolista que el de un excombatiente?
Y ahí es donde todo eso empieza a volverse absurdo. Como si para ser argentino hubiera que cumplir con un combo más o menos fijo: que te guste el folklore, el cuarteto o la cumbia, el fútbol, ser católico, tener una estampita del difunto Bergoglio, repetir que las Malvinas son argentinas cada vez que tengas oportunidad y emocionarte cuando sale el 10 a la cancha. Como si no estuviera permitido desviarse, divergir, ni siquiera pensar o cuestionar. Como si, si no encajás en ese combo, tuvieras menos derecho de estar acá.
Muchas veces esas identidades se parecen más a una marca de origen útil para vender productos, turismo o personajes que a una imagen de cómo vive la gente.
Quizá la pregunta de fondo nunca fue solo qué sentir frente a una bandera, sino cuánto de todo eso era realmente propio y cuánto era simplemente heredado. Porque nadie elige los símbolos con los que nace. Los recibe ya armados. Se nace en un país, con una cultura, y junto con eso vienen canciones, próceres, colores, enemigos, gestas, héroes, traumas y obligaciones emocionales. Después cada uno puede aceptarlos, repetirlos, discutirlos o vaciarlos, pero primero los recibe.
La nacionalidad, igual que la religión, no viene dada en la naturaleza como una piedra o un árbol. Es algo armado por personas, en un momento y por ciertos motivos. Después eso se llena de símbolos, himnos, costumbres y mapas, pero eso no garantiza una pertenencia real. No porque existan obligan a sentir pertenencia.
¿Cuántos símbolos y valores heredados recibimos que no nos atrevemos a cuestionar? Si nacés en un lugar, te enseñan a creer en Jesús; en otro, en Jehová, Alá o Krishna. Acá tenés que emocionarte con la celeste y blanca; en el norte, con las barras y estrellas.
Capaz el problema de fondo sea ese: convertir una circunstancia en un deber emocional. Haber nacido en un lugar no obliga a sentir devoción por sus símbolos, igual que haber nacido en un barrio no obliga a ser hincha de un club. Sin embargo, muchas de esas pertenencias se imponen como si fueran naturales, casi obligatorias. Y vistas de cerca, se parecen bastante a una lógica de tribuna: colores, consignas, entusiasmo esperado y sospecha de traidor sobre cualquiera que no entre del todo en el juego.
Suelo pensar que la pertenencia, si es que existe, es más cercana y no nace de una imposición. No empieza en la patria, ni en la provincia, ni en una categoría generacional. Empieza bastante más abajo: en la familia, en los amigos, en ciertos lugares, en algunas escenas que quedan grabadas, en una forma de hablar, en ciertas cosas compartidas y en otras rechazadas. Lo demás podrá envolver eso, decorarlo o reclamarlo, pero no necesariamente explicarlo.
Una cosa era cumplir con el rito; otra muy distinta, sentirlo como verdadero. No era solo que no me gustara ser abanderado. Había algo más incómodo: no poder sentir como verdadero lo que se nos exige sentir como natural. Sentir orgullo donde no hay verdad, pertenencia donde no hay vínculo, y reverencia donde apenas hubo costumbre, disciplina y ceremonia. Y muchas veces esos símbolos terminan funcionando también así: no solo para vender una imagen hacia afuera, sino para vendernos hacia adentro una pertenencia ya armada.
[Insertar cordobesidad obligatoria acá]
Soy cordobés
Me gusta el vino y la joda y lo tomo sin soda
Porque así pega más
[Fin del paquete regional]