El software te lo regalo (con chimi) y otros cuentos de hadas

Allá por los noventa, cuando armábamos PCs, era bastante común copiarle al pobre disco rígido de 120 MB un directorio con “todo lo necesario” 🙃.
Ese directorio podía traer Word, Excel, AutoCAD, CorelDraw, Print Artist, algún antivirus, juegos y varias cosas más que el usuario probablemente nunca iba a abrir. Daba lo mismo si era para un oficinista, un estudiante o alguien que solo necesitaba escribir dos cartas y hacer una planilla. Se copiaba todo y “gratis”.
Sí, 120 MB. Megabytes. Y sí, en ese momento eran directorios, no carpetas.
Gratis entre comillas, claro. En realidad no teníamos incorporada la idea de que el software se pagaba, ni siquiera el sistema operativo. Eran épocas de DOS y Windows 3.x, mientras llegaba Windows 95 —¡en unos 15 diskettes!—, con mucho clon, poca PC de marca y alguna Compaq Presario dando vueltas.
Yo recién empezaba a meter mano en estas cosas y había bastante más entusiasmo que conocimiento. Sabíamos cómo instalar un programa, hacer entrar medio mundo en un disco y conseguir que la máquina arrancara, pero de licencias, derechos de uso y todas esas cosas entendíamos bastante poco, o nada.
Visto desde hoy suena desprolijo e ilegal, pero había cierto contexto y, sobre todo, mucho desconocimiento. Las licencias eran caras, tenían poca o ninguna protección de copia y una copia podía circular durante años. Internet recién empezaba a aparecer por estas latitudes y muchas actualizaciones se hacían a mano. No había nube ni cuentas conectadas todo el día.

Antes era un directorio copiado de una PC a otra. El problema es seguir usando esa lógica en máquinas conectadas todo el día.
“Te la dejo con todo” #
En los noventa, muchos armadores o vendedores de PCs ni siquiera ofrecían el sistema operativo como parte del presupuesto. El cliente compraba la máquina y Windows aparecía instalado, listo para usar. La licencia podía costar una parte importante del equipo y, si uno la incluía, corría el riesgo de perder el presupuesto. Con Office pasaba lo mismo. Word, Excel, PowerPoint, algún antivirus que no siempre se sabía de dónde venía y listo. La PC se entregaba “con todo”.
Así quedó una costumbre difícil de sacar. El fierro se cobra y el software no. Pagarlo parece un sobrecosto innecesario, y la pregunta del cliente —“¿qué ventaja tengo?”— no siempre era fácil de responder. En ese entonces, sin prácticamente activadores ni la hiperconexión de hoy, la ventaja era simplemente evitar problemas legales 🤷♂️.
Fuera de lo legal, también se entiende por qué deberías pagar el software. El desarrollador y el técnico no se nutren de bits succionados de un conector RJ45, o 8P8C para los canónicos 😊.
Pero treinta años después cambia la responsabilidad. Si hoy vendés, armás o configurás una computadora, sos vos quien debería explicarle al cliente qué necesita, cuánto cuesta y qué alternativas tiene, en lugar de decidir por él “total, se lo ponemos trucho”. Dejarla con “Windows, Office y todo andando” parece una gentileza, pero conviene preguntarse si realmente le estamos entregando una herramienta lista para trabajar o una máquina que depende de un activador bajado de vaya uno a saber dónde y que hace vaya uno a saber qué cosa.
Microsoft será una corporación malvada, pero seguro TeamDaz, Ratiborus, los de KMSpico o SolidSQUAD son gente piola y de confianza 🤔.
Fierro y software, mens sana in corpore sano #
Suele pasar que cuando alguien busca una computadora empieza por el fierro y después ve qué software va a usar, cuando debería ser al revés. Primero hay que saber qué tarea necesita resolver y con qué programa trabaja. De ahí salen los requisitos de hardware y también buena parte del costo de la solución, porque AutoCAD, Illustrator, un sistema contable o cualquier otra herramienta específica condicionan la máquina que necesitás. Comprar primero “una buena PC” y después ver qué le ponemos arriba puede terminar en un Ferrari para ir al súper o en una carreta para correr una carrera. Y después, cuando aparece el costo del software, llega el glorioso “Office te lo pongo yo”. Guiño, guiño 😉.
Nadie monta una línea de producción suponiendo que la soldadora va a aparecer gratis después. Con informática todavía pasa.
Eso tampoco significa que haya que pagar licencias porque sí. En una casa, Microsoft 365 Familia puede servir para varias personas y además incluye almacenamiento en OneDrive. En una oficina o empresa se busca el plan comercial que corresponda. También puede haber software libre o herramientas que ya estén disponibles y resuelvan perfectamente el problema.
Lo gratis a veces tiene otros costos. Linux, por ejemplo, puede no tener costo de licencia, pero alguien tiene que instalarlo, mantenerlo y dar soporte, y que el sistema operativo sea gratuito tampoco vuelve gratuito todo lo que corre arriba. Puede haber bases de datos, backup, monitoreo, soporte empresarial o productos como Db2 que también cuestan.
La cuestión es entender qué necesita el cliente y cuánto cuesta resolverlo bien. Meterle un Office crackeado para que el número cierre no es ahorrar: es pijotear justo en la herramienta que usa para trabajar, a la que le confía sus datos y, muchas veces, también los de sus clientes.

La computadora y el software también son herramientas de producción. No aparecen de la nada.
El atajo que después te ata #
Hay cierta cultura del técnico que siempre encuentra la vuelta con RDPWrap, una VPN gratuita de procedencia dudosa, un activador o un parche para que una versión haga lo que no debería hacer. Y ojo, muchas veces anda. Si no anduviera, el problema se terminaría rápido. Lo complicado es que funcione lo suficiente como para que una empresa construya encima y, seis meses después, nadie recuerde qué se tocó o una actualización deje RDPWrap fuera de combate. Ese día alguien tiene que entender qué se hizo, rehacerlo o reemplazarlo sin dejar a la gente parada.
Con los cracks aparece además un problema de seguridad bastante obvio. Muchos activadores requieren desactivar temporalmente el antivirus o agregar exclusiones para funcionar. Si ese ejecutable hace algo más de lo que promete, justamente el antivirus quedó configurado para mirar para otro lado.
No hace mucho apareció también una alternativa algo menos peligrosa, aunque no por eso necesariamente más legal, las claves de Windows muy baratas. La clave llega, activa por Internet y hasta puede venir acompañada por una factura. Al menos evita el crack o el activador, que ya es una diferencia importante desde el punto de vista de la seguridad, pero no resuelve si viene de un canal legítimo ni si respalda un derecho de uso válido para ese equipo.
Puede ser Retail, OEM o provenir de un acuerdo por volumen, y cada canal tiene condiciones distintas. “Activado” describe el estado técnico de Windows, pero no demuestra por sí solo que exista una licencia trazable y defendible. En una computadora doméstica, alguien puede aceptar ese riesgo conociéndolo. Eso no vuelve legítimo el origen de la clave, solamente cambia la exposición que esa persona decide asumir.
En una oficina o empresa, lo razonable es comprar la PC con Windows de fábrica o usar un canal identificable. Tener factura es el primer paso, pero una factura por una clave de origen dudoso demuestra que alguien pagó por esa clave, no necesariamente que el vendedor tenía derecho a revenderla ni que exista una licencia válida para ese equipo. Si la única explicación es “es original porque activa”, suerte con eso el día que haya que defender esa instalación en una auditoría.
Basar el trabajo de un diseñador en un Illustrator trucho es como poner a un herrero a soldar todos los días con una soldadora enchufada a un tomacorriente de velador. Puede funcionar un rato, incluso bastante, pero cuando falle puede dejarlo sin trabajar, y la comparación se queda corta porque la soldadora solo suelda. La PC guarda claves, abre adjuntos, sincroniza archivos, entra al home banking y vive conectada a servicios externos.
El problema empeora cuando para mantener funcionando alguno de esos inventos se termina desactivando Windows Update. Ahí el parche ya está condicionando qué actualizaciones de seguridad puede recibir la máquina. Basta darse una vuelta por la guía de actualizaciones de seguridad de Microsoft para ver que todos los meses aparecen vulnerabilidades nuevas. No hace falta entender cada CVE para darse cuenta de que mantener una computadora sin actualizar para conservar un parche es una pésima base para una herramienta de trabajo.

Actualizar no es un capricho. Es parte de mantener viva una herramienta que está conectada a todo.
Dejarla lista de verdad #
El trabajo del técnico debería llegar un poco más lejos que “ponerle los programas”. Hay muchas cosas que el usuario común no suele tener en cuenta hasta que le pasan, y justamente por eso conviene anticiparlas. Una notebook puede tener años de trabajo, fotos, presupuestos y carpetas de clientes, y si mañana la roban o muere el disco, haber instalado Office y dejar Windows activado sirve de bastante poco si todo estaba únicamente en C:\Users\Fulano\Documents. Por eso, si estamos dejando una herramienta de trabajo lista para usar, también deberíamos preguntar dónde se respalda. Puede ser OneDrive, Google Drive, un NAS, un disco externo o la combinación que corresponda. Lo importante es no descubrir después del problema que esa notebook era el único lugar donde estaba todo.

El problema no es perder una notebook. El problema es que era el único lugar donde estaba todo.
En los noventa hacíamos lo que sabíamos y lo que el entorno permitía. Treinta años después la computadora es otra cosa, y también debería serlo el trabajo de quien la vende o la configura.
El cliente puede elegir ahorrar y asumir el riesgo. Meterle un crack para que el número cierre, sin que sepa lo que está aceptando, no es hacerle un favor. Es tomar por él una decisión que le corresponde al cliente, no al técnico.