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¿Qué tenía de malo el Día de la Raza?

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Este 12 de octubre de 2026, el Gobierno argentino volvió a utilizar la denominación Día de la Raza en sus comunicaciones oficiales. Aunque la legislación vigente todavía lo llama Día del Respeto a la Diversidad Cultural, muchos calendarios, como el de la Nación, lo siguen mostrando como Día de la Raza.

La situación me hace pensar en cuánto peso real tienen los nombres y las palabras cuando no están acompañados por hechos concretos. Algunos celebran el regreso del viejo nombre, posiblemente más por el gusto de hacer enojar a «los zurdos», como suele decir Milei, que por una preocupación histórica o lingüística. Del otro lado, quienes defienden la denominación adoptada en 2010 consideran que recuperarla representa un retroceso.

¿Y qué cambia realmente con cualquiera de los dos nombres?

En la primaria lo conocí como el Día de la Raza. Nadie parecía encontrar en ese nombre una expresión despectiva ni una declaración de superioridad racial. Era el 12 de octubre, el aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492. No era más que eso.

La palabra raza tiene una historia compleja. Se utilizó para clasificar personas, justificar discriminaciones y sostener teorías de superioridad racial. Pero también tuvo otros usos, incluso afectuosos. En México, por ejemplo, decir «la raza» puede ser una manera amistosa de referirse a la propia gente, a los amigos.

Las palabras tienen contexto, historia y distintos significados. ¿Es necesario eliminar una denominación porque algunos le atribuyen una carga negativa que otros nunca encontraron en ella? Y si alguien escucha la palabra raza y piensa inmediatamente en superioridad o inferioridad entre seres humanos, cabe preguntarse cuánto de ese prejuicio está realmente en la palabra y cuánto en la mirada de quien la interpreta.

Algo parecido ocurre con la palabra descubrimiento. América ya estaba habitada cuando llegó Colón, naturalmente. Pero desde la perspectiva de la civilización occidental, de la que formamos parte y de la que heredamos buena parte del idioma, las instituciones y las costumbres, fue el descubrimiento de un continente hasta entonces desconocido para los europeos de aquella época. ¿Por qué habría que abandonar esa palabra para reconocer que otros pueblos ya vivían aquí?

La conquista posterior tuvo episodios de violencia, sometimiento y exterminio, sí, pero también procesos de mestizaje e intercambio cultural. Nuestra sociedad actual es producto de esa historia, con todas sus contradicciones. Los que venimos de familias inmigrantes europeas también somos parte de ella, sin que eso nos convierta automáticamente en responsables de lo ocurrido siglos atrás.

La diversidad cultural ya existe en Argentina. Somos una sociedad formada por pueblos originarios, inmigrantes y generaciones de descendientes de ambos, con una enorme variedad de costumbres y tradiciones. Por supuesto que existe el racismo; sería absurdo negarlo. Pero también resulta absurdo pretender que los argentinos somos racistas porque nuestra selección de fútbol no tiene la misma proporción de jugadores negros que otros países. Tampoco deja de existir el racismo por el solo hecho de cambiarle el nombre al Día de la Raza.

El racismo y la violencia contra los pueblos originarios tienen ejemplos mucho más cercanos que la conquista de América. En 1947, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, fuerzas del Estado argentino perpetraron la masacre de Rincón Bomba, en Formosa. Hombres, mujeres y niños del pueblo pilagá fueron asesinados.

El 1 de abril de 2005, la Federación Pilagá inició una demanda civil contra el Estado argentino para obtener el reconocimiento de aquella matanza y la reparación de los daños.

En 2010, el gobierno argentino decidió reemplazar el Día de la Raza por el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Un nombre más acorde con estos tiempos de corrección política. Para entonces, la demanda de la Federación Pilagá llevaba cinco años en trámite. Recién en 2019 llegó una sentencia de primera instancia que reconoció la responsabilidad estatal y ordenó reparaciones.

Es increíble que, mientras se discutía cómo llamar a una fecha de hacía más de cinco siglos, siguiera pendiente una respuesta judicial por la matanza de hombres, mujeres y niños de un pueblo originario, asesinados por nuestro propio Estado apenas 63 años antes. Vergüenza debería darles haber elegido precisamente la palabra «respeto» para aquella nueva denominación.

El 12 de octubre sigue siendo el aniversario de la llegada de Colón a América. Podemos discutir su significado histórico, reconocer sus consecuencias y recordar a quienes las sufrieron.

Pero después de dieciséis años de Respeto a la Diversidad Cultural, y con el ejemplo de Rincón Bomba —hay más ejemplos; solo hay que buscarlos—, queda una pregunta bastante sencilla: ¿de qué sirve cambiar el nombre si detrás de las palabras no hay hechos que las sostengan?